El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel: tatuar la vida

Una voz infantil, femenina, nos traslada a los años setenta. El impacto de ser diferente en una época en la que la discriminación por cualquier motivo era socialmente aceptada. Un lunar blanco en el centro del iris le acompaña junto a la obsesión paterna de tener hijos perfectos, en años en los que no existía la opción de un transplante de córnea.

Sus padres viven bajo las ideas progresistas del momento, pero abandonados a sus propias manías. El dinero es un aliado y el mejor paliativo, más que suficiente para viajar a otros países en busca de una identidad. El papá, con un mayor apego al materialismo, es dueño de una compañía de seguros y de varios talleres para autos. La madre es más espiritual. Pero el trauma de la separación es inevitable y permanente la influencia de ideas extremas.

La entrada a la adolescencia es marcada por un viaje con su madre y hermano a la comuna de Los Horcones, en Sonora, un modelo que se inspira en Walden Dos, de B. F. Skinner, cuyas reglas de análisis de conducta se aplican para generar cambios de hábitos. También la señalan el deporte y las costumbres. Llora porque no es aceptada para jugar futbol en un equipo de niños, hasta que interviene su abuela con una carta en la que no ofrece argumentos de equidad de género, sino a la dificultad de cuidarle todo el día.

A partir de una historia que cuenta como propia, al menos inspirada en la suya, Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) ofrece el retrato de una familia en la que prevalece la necesidad de pertenencia.  Es una novela de expiación y de reencuentro. De aceptación de sí misma. En un monólogo interno registra una competencia de vanidades contra los complejos, inclusive con su propia madre, da cuenta del primer sentimiento de celos o cuando un adolescente le parte el corazón.

Por ese diálogo introspectivo, o con el que sostiene con una terapeuta, la doctora Sazlaski, sabemos que no siente rencor ni amargura hacia su madre y que su padre, quien también es psicoanalista, estuvo un tiempo en la cárcel, hasta que todo se desvanece de pronto. Las personas que le han rodeado, los objetos, los recuerdos.

“El cuerpo en que nacimos no es el mismo en el que dejamos el mundo –escribe– . No me refiero sólo a la infinidad de veces que mutan nuestras células, sino a sus rasgos más distintivos, esos tatuajes y cicatrices que con nuestra personalidad y nuestras convicciones le vamos añadiendo, a tientas, como mejor podemos, sin orientación ni tutorías”.

Nettel es autora de tres libros de cuentos: Juegos de artificio, Les tours fossiles y Pétalos y otras historias incómodas. Su primera novela, El huésped, fue finalista del Premio Herralde en 2005.

(Guadalupe Nettel. El cuerpo en que nací. Editorial Anagrama, Ciudad de México, 2011, 196 p.)

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